| DATOS BIOGRAFICOS DE GRACIELA SCHIFRIN LORENZANO |
Nací en Buenos Aires un 9 de abril.
Mi mamá era Raquel Paley -a quien llamaban Luisa-, nacida en Odesa y traida por sus padres a la Argentina cuando tenía 9 meses de edad. Mi abuelo materno, León Paley, junto con mi abuela Fanny fundaron el mítico restaurante judío El Internacional, en la calle Corrientes al 2315, al que concurrían intelectuales como Alberto Gerchunoff.
Mi papá era Roberto Schifrin, cellista el Colón, también nacido en Rusia y venido al país a los 13 años. Pertenecía a una familia de músicos. Su papá recorría Europa fundando y dirigiendo coros. Educó en la música a todos sus hijos. Luis, hermano de Roberto y tío mío, era violinista del Colón. Vivía en el departamento del piso superior de nuestra casa de Córdoba y Talcahuano. Sus hijos, nuestros primos, Lalo Schifrin, que continuó la tradición musical de la familia, y Flora, ahora profesora de letras en Barnard College en Nueva York, eran nuestros grandes amigos.
Mi hermano Bernardo -Gogo para la familia- estudió química industrial. Tuvo una fábrica de aceite; en la actualidad posee una finca olivarera en La Rioja, elaborando productos ecológicos.
No llegué a conocer a mis abuelos paternos. La muerte de mi abuela Fanny, a quien adoraba, cuando tenía siete años, y la posterior separación de mis padres me marcaron para siempre.
Terminé el colegio secundario a los 15 años. Ingresé a la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires para estudiar física, pero desistí al año, ingresando a la Facultad de Medicina.
Cursé dos años de medicina. Allí conocí, a los 16 años, a César Lorenzano, con quien nos casamos cuando teníamos 22. Ese mismo año nació nuestra primera hija, Sandra Silvina.
Vivimos primero en Beccar, y al cabo de un año en El Talar de Pacheco, partido de Tigre, Provincia de Buenos Aires, donde a nuestros 24 años nació nuestro segundo hijo, Pablo Julio.
César trabajaba como médico en el pueblo, y en el Hospital de Tigre. Eso hizo que nos aficionáramos al rio, al delta del Paraná, que conocimos a fondo remando desde nuestro club. Cuando regresamos a la Argentina en 1986, alquilamos una casita en una isla, y al tiempo compramos nuestra propia casita en el río. Allí pasamos días felices, en contacto con la naturaleza.
A los 10 años de nacer nuestra primera hija, nace nuestra segunda hija, Viviana -Bibí, como prefiere que la llamemos-; casi a los dos años, Daniel, nuestro cuarto y último hijo. Bibí es diseñadora gráfica, y Daniel un excelente chef.
Un par de años antes, comencé a ir al taller de Leo Tavela, con quien me formé como ceramista. También concurrí al taller de De la Mota, de quien aprendí el rigor estructural en la escultura. En 1972 gané mi primer premio en el Salón Nacional de Cerámica, y en 1973 el Gran Premio de Escultura.
En 1976, la catástrofe, la dictadura militar. Los amigos comenzaron a desaparecer, y algunos a reaparecer destrozados por la tortura. Al ser César declarado cesante del Hospital "por ideólogo" como le informó el coronel interventor -era peligroso un médico que supiera filosofía- preparamos nuestras valijas y partimos hacia un largo exilio en México. No esperamos la cárcel y la tortura que era el destino de quienes pensaban.
La solidaridad mexicana hizo que el exilio no fuera tan duro. César encontró en pocos días trabajo como médico en el servicio de radiología del Hospital 20 de Noviembre, uno de los mayores del DF, y luego como profesor de filosofía e historia de la ciencia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México -UNAM-: años antes había seguido un posgrado en filosofía de la ciencia en la Universidad de Belgrano, y su especialidad médica era radiología. Durante años convivieron en él las dos profesiones. En la actualidad, dirige su propia maestría y doctorado en esas disciplinas filosóficas.
Yo entré a trabajar como profesora de arte en la Escuela de Arquitectura de la UNAM, y luego como profesora de historia del arte en un par de universidades privadas. Al no tener taller propio para hacer escultura, me inscribí como alumna de materias aisladas en la Escuela de Artes Plásticas de la UNAM, en el edificio colonial de San Carlos. No quise hacer más cerámica: basta de materiales que se rompen: en adelante, piedra, madera, cemento.
Al año, la UNAM suspendió esta facilidad, por lo que decidí cursar la carrera de licenciada en artes visuales, que terminé cuatro años después. Desde entonces, tuve mi lugar de trabajo en la Universidad, y mi grupo de pertenencia en mis compañeros y profesores, que se sumaban a mis compañeros y compañeras de las universidades donde enseñaba. Todavía hoy conservamos la amistad que nos unía; nos vemos con gran alegría cada vez que viajo a México.
Participé en exposiciones colectivas, e hice exposiciones individuales, en las que ya intervenía la pintura.
El regreso de la democracia puso en marcha el reloj de la vuelta a la Argentina, que demoramos tres años, hasta 1986. Nuestros hijos menores terminaron en México la primaria, y avanzaron en la educación secundaria. Los mayores terminaron sus estudios universitarios. Sandra como licenciada en Letras, Pablo en Filosofía. Con el tiempo, Sandra hizo su doctorado en Letras. En la actualidad es investigadora en la Universidad de California San Diego, y en la Universidad del Claustro de Sor Juana, en el DF mexicano. Alterna entre uno y otro lugar. Pablo hizo su doctorado en filosofía de la ciencia en Berlín. Regresó a Argentina, y es investigador del Conicet; trabaja en la Universidad de Quilmes.
Al volver, dejamos con gran dolor a nuestros amigos mexicanos, y a los compañeros del exilio, que habían emprendido el regreso desde el 83. Quedó atrás la experiencia en la Comisión Argentina de Solidaridad, la agrupación del exilio que nos proveyó de una familia postiza, habiendo perdido nuestras raíces esos 10 años.
Culminé en esos días uno de los trabajos más satisfactorios de mi vida, la organización de una serie de murales en escuelas primarias del DF, hechos por los chicos como forma de que pudieran expresar en la creación artística la angustia del reciente gran terremoto de 1985, que dejó sus huellas en todos nosotros. El ministerio de educación, sumamente interesado en el proyecto, me proveyó de un equipo que integraban trabajadores sociales y ayudantes, así como de los materiales necesarios. Era interesante concretar el mural, y los resultados obtenidos, pero también el proceso previo de sensibilización y enseñanza.
Al regresar, instalé con el tiempo mi taller en un viejo departamento de mi mamá, en la calle Perón al 2600. Allí hice toda mi producción de los últimos veinte años. El primer año del regreso, trabajé en el programa cultural de barrios, organizando un taller de arte para chicos de barrios muy carenciados, como Soldati y Ciudad Oculta. Los recursos eran escasos, había que improvisarlo todo. El programa terminó, y también mi trabajo en villas. En adelante, producción artística y exposiciones individuales, intervención en numerosos salones, y algunas exposiciones colectivas.
A poco de llegar, tuvo lugar un suceso importantísimo para nuestras vidas: nació en Buenos Aires nuestra hermosa nieta, Marianita, que partió al cabo de muy pocos años a México junto con su mamá, Sandra. Ha pasado el tiempo, y hoy estudia historia del arte en la Universidad de California, San Diego.
Mi primera serie de relieves escultóricos utilizó elementos de desecho, y otros prefabricados. Al mismo tiempo, hacía talla directa en madera, iniciando las series de corsés -como símbolo de los elementos que oprimen a la mujer- tanto en madera como en los relieves de telgopor entelado. La serie de barriletes muestra las ansias de liberación, y quizás también las dificultades de hacerlo.
Han pasado veinte años. Volví a la pintura, a jugar con el color. Me es difícil la escultura, por problemas con mis manos.
Aquí, en estas páginas, pueden encontrar ejemplos de casi todos mis trabajos, para que los vean.
Graciela murió el 28 de agosto de 2006, apenas dos meses después de comenzada su enfermedad, un cáncer de pulmón oculto, que no dió síntomas más que al final. Aunque fumó desde los 12 años, hacía más de veinte que ya no lo hacía. Alcanzó a hacer una última exposición en la Casa de la Provincia de Buenos Aires que llamamos "Le Jaim", es decir "Por la Vida" el 12 de agosto. Fue una de sus últimas salidas. La muestra fue magnífica, y concurrieron en multitud todos aquellos que gustaron de su obra, así como amigos nuestros de toda la vida. La disfrutó; disfrutó el encuentro. Todavía era jóven, todavía podía esperarse mucho de ella. Nos deja una obra enorme, magnífica, cuatro hermosos hijos y una nieta, la más hermosa y cariñosa de las nietas. Nada podrá paliar el dolor de su ausencia. Escrito por su esposo, amigo, amante, César Lorenzano .