COMENTARIOS A LA INSTALACION EN MEMORIA DE LAS MADRES DESAPARECIDAS

En junio de 2003 se realizó una instalación en la Galería Arcimboldo, con el auspicio de Abuelas de Plaza de Mayo, que proveyeron las fotografías de sus hijas que están en la torre que las conmemora. En el cuarto, sobre el piso rodeando la torre, había escarpines, agujas de tejer, flores. Sonaban continuamente las sonatas de Bach para celo. Aquí presentamos los textos que acompañaban la muestra:

1. Fragmentos de memoria, escrito de Sandra Lorenzano, parte de la instalación en una de las paredes de la muestra.
2. La torre de la memoria, escrito de César Lorenzano, del catálogo de la muestra.

FRAGMENTOS DE MEMORIA

Sandra Lorenzano

Creo que no soy otra cosa que irresistibles fragmentos de memoria. Héctor Schmucler

Lo más desgarrador es la mirada. Quizás porque pareciera no haberse detenido, no haber dejado de mirar y de mirarnos, quizás porque se muestra aún dueña de su cuerpo y de su tiempo, quizás porque intuimos en ella lo que vendrá.
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La obra es también el espacio simbólico de la memoria. El túmulo que permite el llanto y las antiguas ceremonias. Álbum con 30 mil imágenes tatuadas en la piel de todos. La obra es el grito y el ritual, los pañuelos blancos y la bronca. No monumento sino tierra húmeda.
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¿Cómo hablar del horror? ¿Qué puede decir el arte de la violencia y la muerte? ¿Cómo podría acariciar las heridas que dejan 30 mil ausencias?
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Contar, pero ¿contar qué? Es ésta la angustia del testigo. La imposibilidad de contar, por supuesto; esa “laguna” que no puede ser enunciada. El vacío. El horror. Las ausencias. La memoria, entonces, la rodea con el tejido minucioso de las imágenes; imágenes que avanzan en tinieblas, que son un balbuceo en tinieblas.
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Seguir rascando en la memoria, avanzar, sumar imágenes, gestos, voces. Es más que una exploración. Es un ejercicio desesperado, como grito que rebota una y mil veces contra las piedras. ¿Para llegar adónde?
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Las ausencias son una marca en los cuerpos de los que se quedaron – nos quedamos- de este lado de la muerte. Cada vez que llega el cumpleaños de su hija Noni, a Laura le duele la panza. Hace más de veinticinco años que ese día Laura se sienta con su dolor de panza frente a una foto.
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Un cuerpo de mujer que ha perdido un cuerpo de mujer que ha perdido… La sangre es el vórtice del dolor, origen de una genealogía que sopla al oído la palabra de Lilith, cabeza cubierta de blanco que gira enloquecidamente en un tiempo sin luz para recuperar el primer arrullo, el canto primigenio, la memoria de la piel.
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“Nuestros nietos que han estado en cautiverio junto a su mamá en la panza, han recibido cantos, cuentos, voces, nombres, todo hacia dentro, porque eran ellos dos solos, mientras viviera el hijo, vivían ellas, eso es lo que llevan adentro los chicos sin darse cuenta.” (Estela de Carlotto)
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“Era mi hermano y para mí eso basta”, gritó Antígona, pero nadie secundó su grito.
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Simón nació en la ESMA. Al nacer, su madre le hizo con los dientes una marca en la oreja, para poder identificarlo. Esa marca es la huella en la que se unen el cuerpo de Simón y el cuerpo de su madre. Esa marca es todo lo que Simón tiene de su madre.
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“Nadie puede dar testimonio sino el testigo”, escribió alguna vez Paul Celan. ¿Quiénes son los verdaderos testigos? ¿Acaso los que no están? ¿Los que no sobrevivieron? Sin embargo, es necesario dar testimonio también por ellos, es necesario dar testimonio de la imposibilidad de testimoniar.
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“El rey Agamenón deja sin castigo a Hécuba. Sólo los dioses pueden castigarla.” (Laura Bonaparte)
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La marca más visible es el pañuelo blanco – un pañal, porque ¿qué madre no guarda un pañal de sus hijos?-. La marca más visible es el pañal; la marca más visible es esa mirada que se clava en un futuro que no existe.
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¿Qué lenguaje - se pregunta el arte – dará cuenta de la tensión entre memoria y olvido, entre el afán de preservar el recuerdo y los intentos por borrarlo? Nada más fácil en esta época que apretar la tecla “delete”, para que no quede rastro, para que la historia no nos cuestione ni duela. Si “amnesia” y “amnistía” tienen un origen compartido, rescatar la memoria de su posible caída en el agujero negro del olvido es un gesto a la vez ético y político. “¿Es posible – se pregunta Yosef Yerushalmi – que el antónimo de el olvido no sea la memoria sino la justicia?
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“Ahora tenés casi la edad de tus padres cuando los mataron. (…) Me gustaría hablarte de ellos y que me hables de vos. Para reconocer en vos a mi hijo y para que reconozcas en mí lo que de tu padre tengo: los dos somos huérfanos de él.” Somos una sociedad de huérfanos, balbuceantes; cuerpos mutilados tras las huellas de la memoria.

La Torre de la memoria

Una torre de metal para que se recuerde
Una torre de metal como una pirámide ritual
Una torre con 440 paneles de metal que son sus muros, que son sus ventanas, que son nuestros recuerdos, nuestras invocaciones
440 paneles que oscilan con el viento, que se mueven, ondean
Al hacerlo, producen sonidos, producen música
440 paneles que muestran los rostros de mujeres desaparecidas, asesinadas
440 madres a las que robaron sus hijos
440 mujeres desaparecidas por la dictadura, que representan a todas las mujeres, a todas las madres muertas por las dictaduras, a todas las madres a las robaron sus hijos, a todas las abuelas que buscan a sus nietos, a todas las madres que buscan a sus hijas, desaparecidas, muertas, asesinadas
El sonido, al ondear el metal, las invoca y las recuerda
No nos olvidaremos jamás de las mujeres desaparecidas, de las madres huérfanas de hijos, de las abuelas huérfanas de nietos
No olvidaremos
Jamás

César Lorenzano, a 28 de mayo de 2003