MICHAEL NUNGESSER, CRITICO ALEMAN

ESTRUCTURAS, FIGURAS Y BARRILETES
Exposición de GRACIELA SCHIFRIN DE LORENZANO en la Galería HO de Berlín-Hellersdorf, Alemania

Por Michael Nungesser

Estamos ante la obra de una artista que vino desde muy lejos, lo que no es tan inusitado en nuestros días, aunque desgraciadamente no ocurra con la frecuencia y continuidad que es de desear.

Tenemos el preconcepto de que el arte no europeo debe ser extraño y exótico, sin advertir que se encuentra más cerca y nos puede ser más familiar de lo que pensamos, entre otros motivos por que las relaciones crecientes entre los pueblos, implican asimismo intercambios culturales.

Si hablamos, como en este caso, del arte de América Latina, es necesario incluir como un aspecto decisivo de nuestras reflexiones a su historia. Después de quinientos años de conquista, domesticación e influencia por los europeos, la cultura y el arte de América Latina están marcados fuertemente por Europa.

Esta influencia se puede entender mejor viendo una gran exposición de las bienales de San Pablo y La Habana en la Casa de las Culturas del Mundo -en la antigua Kongreßhalle- en la que exhiben sus obras varios artistas latinoamericanos.

En el caso concreto de la Argentina este aspecto toma mayor importancia aún, dado que las culturas o artes indígenas no tenían allí el desarrollo que encontramos en México, Centroamérica o en la zona andina. La cultura de este país sudamericano está influida especialmente por sus inmigrantes, en primer lugar españoles e italianos.

Graciela Schifrin de Lorenzano, cuya exposición vemos en esa bonita galería comunal es de origen argentino. Antes de hablar de las obras expuestas quisiera dedicar breves palabras a la biografía de la artista que podrían servir de primera orientación. Nacida en Buenos Aires, Schifrin de Lorenzano estudió en su ciudad natal el oficio de escultora en los talleres de dos reconocidos escultores argentinos, Leo Tavella y Carlos de la Mota. Posteriormente, ella misma dio clases de escultura en su propio taller.

Posiblemente el período que más haya contribuido a formar a la artista que hoy presentamos, sea su estadía de diez años en otro país latinoamericano, México, no por propia decisión sino forzada al exilio a partir de mitad de los años setenta por la dictadura que asoló a su país. En México Schifrin de Lorenzano dio clases de artes plásticas e historia del arte en diferentes instituciones universitarias, labor que continúa después de regresar con su familia a la Argentina en 1986 en su taller y en la Universidad de Buenos Aires. En el folleto de invitación se pueden encontrar más detalles biográficos así como datos acerca del gran número de exposiciones y de premios que obtuvo a lo largo de su carrera.

En esta exposición vemos obras de Schifrin de Lorenzano hechas en los últimos años, por lo que no tenemos una visión de su evolución artística, sino el corte en la historia que ella significa.

Se trata de una obra muy compleja. Aunque la artista es en primer lugar escultora, ha trabajado otros géneros a veces próximos, como la cerámica, la pintura mural o el collage. Una de sus realizaciones más creativas fue cuando organizó en México proyectos de pintura murales con niños de las escuelas en las zonas del DF. dañadas por el terremoto de 1985.

Las obras que están expuestas se pueden dividir en tres grupos. En parte varían sus materiales, sus formas, pero en especial cambia la manera de explorar el espacio. El primer grupo lo forman las "estructuras" que están colgadas en la pared a la manera de cuadros, relieves que participan de la pintura y la escultura, de la bidimensionalidad y la tridimensionalidad.

El segundo grupo lo constituyen las esculturas pequeñas. Están puestas en el espacio, en parte en vitrinas, y se puede ver desde diferentes ángulos. Corresponden más que nada a lo que convencionalmente se denomina escultura; son volúmenes cerrados, objetos esculpidos, definidos plásticamente en un estilo muy claro y definido.

Y finalmente, el tercer grupo, el de los llamados "barriletes". Son objetos escultóricos que no se apoyan en el suelo: se encuentran suspendidos del techo, ocupando y estructurando el espacio. Difiere de la escultura tradicional su forma de estar situados en el espacio y el hecho de que se trata de construcciones abiertas -en el sentido de Humberto Ecco- pues se mueven y se dejan mover, variando sus configuraciones cuando así sucede.

Nos referiremos ahora con más detenimiento a estos grupos de obras.

Las "estructuras" constituyen el grupo tal vez más uniforme, tanto por su tamaño llamativo -todas miden un metro por un metro- como por su coherencia estilística.

Por encima de una tela encontramos un segundo plano también cuadrado de menor tamaño, una capa realizada en STYROPOR -en ocasiones reforzada en sus lados por una moldura de madera-, que da profundidad a las obras y las transforma en relieves.

El efecto se acentúa con los cortes regulares que encontramos en este segundo plano, y que dibujan pasillos paralelos, diagonales o bifurcados, a los que se suman incisiones, nichos en los que encontramos pequeños objetos, en su mayoría de madera: anillos, bolas y tapones o pivotes que parecen figuras de juegos. A veces aparecen sueltos, a veces en multitudes o formados en fila. Todas las obras tienen tonos oscuros entre azul-gris y rojo-marrón. La superficie -pintada con acrílico- está texturada con mixturas finas de arena y polvo de mármol, cemento o madera, semejando muros y tiene efectos especiales visuales y táctiles.

Esas obras no tienen solo una calidad estética estimulante, sino que también sugieren variadas asociaciones interpretativas. La regularidad de las estructuras planas hace pensar en cuadrículas como las de los planos de ciudades. Lo urbano se percibe en esos cuadros como algo estricto y rígido. Los objetos pequeños, casi siempre redondeados, y de apariencia figurativa humana, hacen pensar en personas.

Se los ve perdidos, solitarios, dispersos en los pasillos que parecen caminos o calles, en las incisiones como esquinas, en nichos como hogares o ventanas, en cuadros como plazas. Pero hay que añadir que esos pensamientos y emociones están aludidos por la artista de una manera muy sutil y casi abstracta, en forma lacónica y con un grano de melancolía.

Entramos ahora en la consideración de las esculturas pequeñas, representantes de las esculturas más grandes cuya transporte desde la Argentina hacia Alemania no fue posible por motivos notoriamente conocidos. Son de piedra o de madera (caoba, roble o quebracho). Su forma está elaborada por la gubia; la superficie plana o el último toque, por decirlo así, con la pulidora. Dominan formas antropomórficas sencillas con las cuales la artista intenta dar una síntesis de lo reproducido.

Se encuentra de esa manera dentro de una tradición importante de la escultura moderna. Constantin Brancusi, el famoso escultor rumano de París, observó: "Lo real no es la forma exterior sino la esencia de las cosas. Es imposible que alguien exprese la realidad esencial de algo imitando lo exterior."

La escultora Schifrin de Lorenzano se concentra en sus esculturas en el cuerpo humano, ante todo el femenino, bosquejando cabezas y torsos; saca de la madera lo articulado, lo orgánico, lo escondido y lo encerrado a través de torsiones y curvaciones. Dentro de ese grupo de esculturas tienen un papel importante las "fracturas". Son piezas rotas, partidas en dos, de algo originariamente entero. Dos piezas que una vez formaban una sola pieza. Dos piezas que se podrían armonizar. Dos piezas que se puede imaginar también como pareja.

Lo especial de esas esculturas pequeñas se halla en su apariencia elemental, semejante a formas primitivas. Se halla en su calidad suave y acariciante para la mano. Se halla en lo no imitativo, aunque surgido del común orgánico. El escultor inglés Henry Moore, también un pariente espiritual, escribió una vez, que la tarea de Brancusi en la escultura consistió en "liquidar esa proliferación y hacernos conciente de la forma. Para conseguir eso, tenía que concentrarse en formas simples y claras, tenía que reducir sus esculturas a un cilindro." Algo parecido se puede decir sobre Moore, y Schifrin de Lorenzano prolonga esa tradición.

Llegamos ahora al último grupo, los "barriletes", como se llaman las cometas en la Argentina (en México son papalotes). Mandadas a los aires por los niños o deportistas, son algo liviano y fantástico. La exposición itinerante de las "cometas de arte" que hace unos años llegó también a Berlín y aterrizó en la Galería Nacional, demostró que las cometas pueden despertar la imaginación de los artistas. La idea proviene del Japón, donde desde tiempos muy remotos construir y remontar cometas era algo especial y de un significado mitológico.

Los "barriletes" de nuestra artista nunca se van a echar a volar. Son trabajos escultóricos en su estricto sentido, construidos y montados, pero sin la capacidad de volar en el aire. De nuevo no se trata de imitar pero sí de un acercamiento visual y de reflexión metafórica. Pueden ponerse en movimiento -aunque con ciertos límites- pues cuelgan libremente del techo por cadenas. Algunos "barriletes" están situados dentro de una construcción cúbica de tubos metálicos que delimita un ambiente espacial propio.

Los "barriletes" consisten en varas en parte movibles de aluminio, a las que se ensamblan piezas planas de madera sujetas por tornillos. Estas piezas, consistentes formas redondeadas y pulidas semejantes a las esculturas pequeñas, parecen nubes o alas enderezadas, mientras que las partes metálicas contribuyen a un movimiento suave, vecino a la tierra, en parte un movimiento imaginario, tal vez esperado y soñado. Como escultura que se despliega en el espacio, también está acelerando nuestra percepción; hace que nos movamos mientras miramos y nos despega de todo peso y estrechez a través de la fuerza imaginativa.

Después de repasar atentamente los tres grupos de obras vamos a caracterizarlos comparativamente. Están arraigados en diferentes tendencias de la escultura moderna sin salir enteramente de los límites escultóricos y sin perderse en los llamados artes de instalación en boga.

Las pequeñas esculturas antropomórficas se sitúan dentro de una corriente estilística que ya esbocé mencionando a Brancusi y Moore. Sus formas sencillas y suavemente pulidas hacen pensar en objetos culturales y modelos plásticos arcaicos, arquetípicos y prehistóricos. A pesar de su pequeñez física esas esculturas, reposadas en si mismas y cuyas medidas vienen de dentro, dan la sensación de ser grandes y fuertes.

Las "estructuras" y los "barriletes" están orientados en corrientes artísticas más bien constructivas y cinéticas con repercusiones del desarrollo técnico moderno. Vale la pena mencionar que estas corrientes juegan también un rol extraordinario en el arte latinoamericano. Y eso totalmente en contra de un prejuicio corriente -por cierto eurocéntrico- que afirma que lo esencial del arte latino radica en lo expresivo y mitológico. En especial en la Argentina los conceptos artísticos racionales tuvieron una gran influencia a partir de los años cuarenta (con precursores como Pettoruti) a través de los grupos Madí y Arte Concreto-Invención. También en Brasil, Colombia y Venezuela hay varios artistas importantes de esa índole. En México, un punto de partida importante para Schifrin de Lorenzano, el arte geométrico floreció en los años sesenta y setenta, especialmente por la influencia de un artista de origen alemán, Mathias Goeritz, un artista multifacético que fue colega de universidad de Schifrin de Lorenzano.

"Estructuras" y "barriletes" son trabajos escultóricos que sobrepasan la forma convencional de las esculturas asentadas en bases. Las "estructuras", relieves pintados con elementos de ensamblaje, se acercan a las construcciones murales. Usando objetos ya hechos que la artista encuentra (o busca), aprovecha el efecto de enajenamiento de las cosas cotidianas que era tan caro a los surrealistas ("objets trouvés"). Los "barriletes" son obras construidas y montadas un poco a la manera del arte cinético. En su parentesco con las cometas ordinarias de los niños o sus móviles, encontramos referencias a objetos de la vida diaria.

Si apreciamos el conjunto que forman los diferentes grupos de la obra de Graciela Schifrin de Lorenzano se advierte que la artista se siente familiarizada de manera no forzada -sino más bien libre y fructífera- con las diversas formas de expresión y tradiciones plásticas modernas y que estructura el espacio y el modo de percibirlo y concebirlo por vías muy distintas y emocionantes.

Berlín, abril de 1995