| CARLOS BLAS GALINDO, TEORICO Y CRITICO MEXICANO |
GRACIELA SCHIFRIN
por Carlos Blas Galindo
publicado en El Universal, México
Mantengo una especial predilección por los temas políticos en el arte y mucho me entusiasman aquellas obras en las que tal contenido se halla resuelto mediante recursos que también son contestatarios en cuanto a lo artístico. Por mis afinidades, prefiero ocuparme de la producción de aquellos pocos artistas que, como Graciela Schifrin, no solamente han sido capaces de detectar alguna o más de una de las necesidades culturales que han surgido durante el tiempo en el que les ha correspondido vivir, sino que además se han atrevido a asumir la riesgosa responsabilidad de satisfacer tales requerimientos, sólo que desdeñando la normatividad con la que quienes controlan el mainstream llamado internacional regulan la cultura artística a nivel mundial.
Dicha normatividad contempla, entre otros aspectos, cuáles son las vertientes artísticas cuya práctica les está reservada, de manera exclusiva (y, por eso mismo, excluyente), a los autores primer mundistas; cuál es la duración de las exclusividades; a cuántos artistas originarios de países periféricos, dependientes y dominados conviene tolerar dentro del mainstream a fin de aparentar que existen iguales oportunidades para todos; cuáles son las vertientes artísticas que los no primer mundistas están obligados a cultivar; cuáles son las sanciones y las medidas intimidatorias destinadas a someter a quienes se rebelan.
A pesar de que respecto al arte proliferan ideas de disfrute, es indudable que la hegemonía existe en todos los campos (lo cual mengua, entre otras cosas, el derecho al disfrute) y es en todos los campos que ha de ser combatida.
Quienes, como Schifrin, son insumisos frente a la opresión artística, la combaten de manera frontal. Como puede ser comprobado en la exposición “A chaleco y con corsé” que presenta en el Centro Cultural San Ángel, esta autora consigue dar respuesta a una necesidad cultural de nuestro tiempo: la de revertir los efectos anquilosantes del fundamentalismo neo-vanguardista. Por esta razón, Schifrin no acata la absurda prohibición de conjuntar: un léxico pictórico de raigambre neo-vanguardista (o geométrico, simplemente); un amplio repertorio de calidades, manchas, efectos y texturas (cuando en todo geometrismo el color ha de aplicarse de manera uniforme); más algún recurso proveniente del ensamblaje (como la incorporación de elementos tridimensionales preexistentes), y todo esto con el propósito de abordar, en relieves (en un mundo en el que la pintura es sobrevalorada, en el que el relieve no es considerado como parte de lo pictórico, y en el que tampoco es aceptado plenamente como escultórico), temas tales como la opresión, el aislamiento, la defensa, los papeles sociales preasignados con base en el género, la clase social y demás variables (cuando es bien sabido que a aquellos autores que optan por alguno de los lenguajes pictóricos que proceden del neo-concretismo sólo les está permitido acometer asuntos de índole meramente formal). No cabe duda. La insumisión de Schifrin ha sido fructífera.